Esta serie de pinturas pone el foco en la memoria fragmentada, esa memoria que no se conserva como un relato continuo, sino como destellos: pequeños detalles que emergen cuando viajamos o cuando nos sumergimos en la naturaleza. Son como fotografías mentales, imágenes suspendidas que, aunque parciales, contienen la intensidad de lo vivido.
Las obras evocan un viaje de regreso a casa sin viaje, una exploración de la naturaleza que no representa directamente lo natural, sino la huella que deja en nosotros. La memoria aparece atravesada por luces y sombras, por líneas que definen contornos y los convierten en una topografía interior.
La experiencia de pintar se transforma en una práctica de sentir con los ojos cerrados, de seguir la temperatura de cada línea, de buscar claridad en medio de lo oscuro. Así, la memoria no se presenta como algo fijo, sino como un flujo que crece desde dentro hacia afuera, como las ramas que aprenden el viento y terminan por describir el aire.
En conjunto, la serie es una cartografía de recuerdos dispersos, un intento de atrapar lo efímero de la experiencia y darle forma, no como una narración lineal, sino como un archivo de sensaciones que habitan en lo fragmentario.








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